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martes, 5 de abril de 2011

Ojos negros

            El ruido de un pequeño balbuceando sus primeras conversaciones; los electrodomésticos haciendo temblar los motores y sus carcasas; un vocinglero hablando mucho sin decir nada en la pantalla del televisor; el tono verbenero de un teléfono móvil; el trajín familiar de después de la cena… De repente, el inexpugnable sonoro del hogar se ve atravesada por un potente ulular cercano, muy cercano. El culpable de esta intromisión sonorosa mira con sus ojos negros desde una antena de televisión a la ventana de mi cocina. Repite su potente y descriptivo ulular. Lo observo con detenimiento tras mis prismáticos mientras el me mira desafiante con sus ojos negros; gira su cabeza mirando alrededor, me vuelve a mirar desafiante y deja en el viento su canto. Su rechoncha figura sobre la antena de televisión se integra en el paisaje urbano: La contaminación lumínica permite avistar lo pardusco de su plumaje, totalmente fuera de lugar por el mimetismo para el que fue creado.
            Pasan unos instantes, me vuelve a mirar desafiante, emite su imponente canto y, silencioso, echa a volar. Tras su marcha me quedo mirando a la solitaria antena, deseando que haya provocado interferencias en la señal y el vocinglero de la tele se haya quedado sin voz.

lunes, 21 de marzo de 2011

Retazos sobre un Mochuelo Europeo

La tarde se deslizaba veloz hacia un cuarto creciente que despuntaba en el cielo. Mis pasos se aceleraron en la gravilla del camino con la intención de llegar pronto a casa. Sobre un poste de un vallado una estática sombra emplumada me observa con atención. Mis pasos se van parando lentamente, mis ojos atisban unos ojos amarillos que curiosos se preguntan qué hace ése ahí. De repente, la sombra de amarillos ojos emite un sonido lastimero que me sobresalta. A lo lejos se escucha otro sonido muy parecido; le ha contestado. Me pregunto qué se habrán dicho uno al otro. Mientras tanto la orquesta sinfónica de pequeños insectos nocturnos interpreta la música de fondo de sus vidas. Mis prisas por llegar a casa se han desvanecido como la esperanza del sediento por encontrar agua en medio del desierto. Sólo deseo observarle un poco mejor, oírle, intentar descifrar lo que dice. Él no me quita su amarillo mirar de encima; mi presencia le incomoda. Me quedo quieto, inmóvil como él. Y observo. Por un momento ignora mi presencia, gira su cabeza y mira hacia el suelo. Vuelve a gritar y, en la lejanía, le vuelven a responder. Silencioso da un salto y echa a volar, cruzando el aire con un ensordecedor mutismo. Me siento solo.
            Vuelven mis pasos sobre el camino mientras medito sobre la observación de este imborrable anochecer. Por dentro le felicito, sé que este es su año y me encantaría brindar con él por un futuro mejor para él y los suyos. A la vez que mis pasos se han vuelto a acelerar pienso en la vida que aportan a los caminos, a las pequeñas carreteras, ahí asomados al balcón de su atalaya observando atentos el crujir de unas hojas en el suelo; observando el torpe volar de un escarabajo pelotero. No he querido evitar pensar en lo importante que ha sido esta pequeña rapaz en mi vida, en mis anocheceres en los caminos que serpentean hacia el pueblo; en las frías noches esteparias intentando escucharle contra un  cortante viento que no me dejaba oír; en las alegres jornadas diurnas en las que madrugador se posaba sobre un tocón de encina…
FELICIDADES querido Mochuelo europeo.