viernes, 19 de febrero de 2016

El legado

Siempre llegaba el primero. Ocupaba la silla que miraba a la barra de la mesa del fondo. Sobre la mesa surcada de los arañazos infligidos por la fichas del dominó reposaba un chato de vino de la casa. A veces, mientras esperaba al resto de jubilados para echar la partida, tamborileaba en la mesa con los nudillos ancestrales ritmos que hacían acudir a su mente viejos romances y poemas cantados escuchados en su niñez. Vivía tocado por una boina negra, más cascabillo que boina, y nunca olvidaba su chaleco ajado y nevado. Sus manos eran recias, esculpidas durante muchos años por tareas, ya olvidadas, del campo. Del labio inferior, como un apéndice o una extremidad más de su cuerpo, colgaba en inexplicable equilibrio un cigarrillo liado; sabía que estaba prohibido fumar, pero ya había olvidado el tiempo que llevaba apagado.
                Hacía ya tiempo que quedó solo, ante el mismo altar en el que se unión de por vida a su esposa. Sus hijos, emigrados desde muy jóvenes a la gran ciudad, llamaban todos los años por Navidad, arrumbando de este modo a su padre cada día un poquito más con esa indiferencia desagradecida y gélida. Mucho tiempo había pasado desde la última visita de sus nietos, un mucho tiempo que había dejado una indeleble marca de tristeza en su alma. Ya no recordaba cómo sonaba su voz, ni cómo peinaban sus cabellos, ni de qué color eran sus ojos; pero él los quería, y soñaba con que siempre se acordaran de él. Siempre intentó mostrarles cariño, enseñarles cosas del pueblo, pero todo caía en saco roto. La gran ciudad, como se sorbe un sorbete en verano, había absorbido sus endebles almas.
                Mientras seguía esperando, pensaba que ya pocos días abriría los ojos y respiraría el aire que siempre había respirado, y que cuando él se fuera, con él partirían para siempre sus ancestros, a los que nunca había olvidado pero de los que ya nadie guardaría el más mínimo recuerdo. Y con él también desaparecerían la memoria de la labor, los nombres atávicos de los aperos, la sabiduría transmitida que tan útil le fue, los cantares aprendidos que durante milenios se han ido entregando de viejos a jóvenes. Pensó que todo se perdería, que el tiempo lo esparciría como el viento esparce las cenizas del vetusto fuego en el que los rescoldos se han enfriado porque nadie los ha atizado para que no se extinguieran.
                Se sintió triste, se sintió solo; ya a nadie le importaba lo más mínimo el legado inmaterial que podía dejar.
                Encendió el pitillo extremidad, se ajustó la boina y se marchó para su casa.
                Una soga  pasaba por encima de la viga de madera que siempre había sujetado la techumbre de su hogar.

                Sus hijos ya no tuvieron que llamar nunca más por Navidad.

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