viernes, 22 de febrero de 2013

El joven naturalista


            Muy de vez en cuando,  por la penosamente asfaltada carretera renqueaba algún camión esputando humo negro como el picón, fatigado por las cuestas, las curvas, los baches y la gravilla. Un camión que, cargado de alpacas o de leña de encina, se dejaba oír desde la lejanía, reduciendo marchas, trazando curvas, atravesando puentes añejos, volviendo a acelerar en el respiro de las exiguas rectas. El resto del tiempo sólo se escuchaba el soniquete de cencerros colgados de la garganta de los bucos y de los campanillos que, graciosamente, hacían tintinear las ovejas de dehesas que se extendían por la llanura. Y, en primer plano, el sonido del bosque mediterráneo; el sonido del vuelo de los buitres, el canto de los carboneros, el chillido de los vencejos, el ladrido del águila imperial, el berreo de los ciervos, el maullido del lince. Al oído sensible, todos los sonidos orquestaban una agreste sinfonía sin parangón.

            El naturalista, aparentemente ajeno a todo ello, oteaba el cielo y los tolmos con unos prismáticos de origen soviético, que unidos a su cuello por el cordón umbilical que formaba la cinta coriácea se habían convertido en un apéndice más de su cuerpo, un apéndice inextirpable. El sereno y joven naturalista observaba el vuelo de los buitres, la velocidad del halcón, el arte cinegético de las águilas, la privacidad desvelada de las cigüeñas negras. Anotaba en un ajado cuaderno las cosas que sus ojos captaban con avidez, los sonidos que atravesaban sus atentos oídos, el olor de las plantas y de los animales que recorrían su nariz, el sabor montaraz de las bellotas y de la brizna de trigo que sujetaba entre sus dientes, la lluvia y el frío que erizaba su piel: la vida que le circundaba; la vida que le hacía vivir.

            Algún lugareño curioso pegaba la hebra con él, preguntándole qué cosas hacía allí, sentado en un cancho y mirando sin cesar a los pájaros. Y él les contestaba que buscaba al águila imperial y que no le había traído hasta allí otra cosa que lo que le contaban los corcheros en la Sierra de San Pedro, que le decían que cuando hacían la saca en la Sierra de las Corchuelas veían muchos nidos grandes: nidos de águilas. Y el joven naturalista anotaba en su ajado cuaderno muchas de las cosas que le contaban los pastores, los corcheros, los piconeros, los barqueros, los cabreros, en definitiva, la gente del campo. Allí estaba bien, había descubierto un tesoro secreto, un tesoro maravilloso.

            Unas veces, se adentraba en el arcabuco de la umbría, entre jaras, quejigos y madroños, ataviado con pantalones de fosca pana y jerseys de ruana marrones. Buscaba en la espesura al gran gato, las escarbaduras de una piara de jabalíes, las huellas de un tejón o los excrementos de un meloncillo. A veces, algún pescador o algún barquero se llevaba gran susto al verlo salir de la espesura exornado su cabello y su ropa de hojarasca, pólenes y líquenes, como si de un ser mitológico se tratara, y, una vez comprobado que se trataba del joven naturalista, ya atalantado, le hablaba de las nutrias del río, de los árboles de la ribera, de los nidos de los milanos, de los cagarruteros de las ginetas, de las nubes que barruntan agua y del viento solano que agosta el paisaje, los pueblos y a las personas. Otras veces, sentado en los muros del puente, observaba el bosque de ribera, aún no profanado, a la espera de avistar a la juguetona nutria nadando contracorriente o, tal vez, a un audaz zorrillo acercándose a saciar la sed de su último conejo almorzado, o a un veloz martín pescador pasar bajo los arcos, rozando las dovelas con sus alas.
 Desde allí, asombrado, contemplaba los rebaños de ovejas merinas que le rozaban la pana de sus pantalones con las vedijas, descendiendo hacia el sur en invierno y acercándose al norte en verano, en busca de pastos; como, desde siempre, se había hecho. Rebaños guiados por pastores de recia y tostada piel y zurrón de cuero, ayudados por mastines de collar de tachuelas y lengua afuera, fieles a sus amos y firmes ante el lobo. Y les seguía con la mirada y otras veces con los pies hasta la majada improvisada, donde los pastores encerraban a las ovejas en las teleras para pasar la noche, y, junto a la hoguera, entre historias exageradas, romances milenarios y chascarrillos sicalípticos, aguardaban a que el sueño les meciese entre sus brazos. Más de una noche pasó el joven naturalista acurrucado junto a las brasas, en compañía de los pastores; más de un día les acompañó por la Cañada Real Trujillana escuchando sus historias, viendo su forma de vida ancestral, y, fijándose en el ganado, en los perros, en los pastores, observó el bien que aportaban al valle de donde ya formaba parte.

Y los años pasaron y al ruido de los esporádicos camiones que esputaban humo negro, les sustituyó el ruido de las escavadoras que asolaron parte del bosque; que aplastaron encinas, quejigos, alcornoques y madroños que crujían ferozmente, como en un desesperado grito de resistencia final, bajo las gélidas cadenas metálicas que arrastraban las tétricas máquinas de devastación. Y, para más inri, el bosque de ribera, donde audaz se acercaba el zorrillo a beber, yacía bajo las aguas embalsadas; y el puente donde tantas veces fue feliz junto a las ovejas, bajo el vuelo de los milanos, se había ahogado irremediablemente, ocultando los sillares que tan caros le resultaron al Obispo de Plasencia y señor de Jaraicejo. Y el joven naturalista se vio obligado a actuar, a intentar frenar los destrozos en el bosque y la ruina que se cernía sobre los habitantes de los cuatro lugares, de la comarca, de la provincia y, por ende, del país. Y movió Roma con Santiago, y movilizó a la gente del lugar, y pisó despachos de burócratas, y alertó a la comunidad científica, y se dejó la piel en ello. Pero el fruto se recogió y aquel valle y aquellas sierras y aquellos árboles y aquellos buitres y aquellas águilas y aquellos linces fueron protegidos.

Y, por fin, nació, un nuevo Parque Natural.

Hoy  la sierra se alegra cuando el ya no tan joven naturalista bandea sus rebaños de merinas por la cañada donde tanto aprendió del oficio trashumante. Rebaños que a su paso dejan porciones de lana enredadas en las puntiagudas hojas de los espinos y en las de las pequeñas encinas que buscan su futuro bajo el sol extremeño; que dejan, igualmente a su paso, un espeso manto de beneficiosas boñigas. Cruza el puente por donde discurre el antiquísimo cordel, levanta su cabeza, entorna los ojos para eludir la claridad del sol y avista un buitre negro que, elegantemente y sin aletear, asciende acunado por la corriente de aire que le trasladará en busca de su exánime alimento.

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