martes, 11 de septiembre de 2012

Cumpleaños


           Andabas siseando bajo la lluvia, cubierto de una capa amarilla y precedido de unas pocas vacas lecheras que anticipaban tu aparición con el sonido característico de sus cencerros. Yo esperaba apoyado en el umbral de la puerta, temeroso de la lluvia que te empapaba, para verte, para saber que ahí venías con tu inseparable siseo en los labios. Este bendito recuerdo me acompaña en multitud de ocasiones y me hace recordar que me llenaba de alegría verte, ir contigo al campo a cuidar del ganado, a que me enseñaras lo que era un milano y un pedo de lobo. Soñaba constantemente con que llegara el tiempo estival en el que me reuniera contigo, en el que disfrutara de tu presencia que hoy, precisamente, añoro.
            Cuando enfermaste, te cuidaba con el máximo cariño que te podía dar, a pesar de las edades tontas en las que uno tiene que entrar y descuida la infancia que quiere abandonar, pero que nunca ha de olvidar. Y yo nunca he olvidado, porque la infancia que tuve ha forjado al adulto que ahora soy, el adulto que llora cuando te recuerda y que recuerda todo lo que aprendí de ti, de aquellas vacaciones que deseaba que fueran eternas, de aquel contacto con los animales, de la vida del pueblo, de los sueños pueriles de quien esto firma (estos sueños que todavía me rondan en noches de duermevela y que, aunque irrealizables, aún deseo que afloren a la realidad cotidiana).
            Tampoco olvido la felicidad que se retrataba en tu cara cada vez que aparecíamos en tu casa para pasar unos días, el cariño que nos ofrecías y lo que te gustaba jugar con nosotros, llevarnos para arriba y para abajo, en tus cotidianas labores. Orgulloso de nosotros: tus dos únicos nietos, que te llenaban de dicha y alegría.
            No puedo evitar que resbale por mi mejilla unas lágrimas cuando esto escribo, porque no puedo olvidarte, y menos el día de tu cumpleaños.
Ese siseo que siempre te acompañaba ha sido un sello de identidad, una forma de recordar melodías que nunca he abandonado desde que tú me enseñaste a hacerlo cuando apenas alcanzaba el metro de altura.

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