lunes, 18 de junio de 2012

La parca infantil


Entre la densa bruma del recuerdo añejo, aflora a mi memoria la afligida imagen de un pequeño ataúd de color blanco introduciéndose en un vehículo fúnebre. Acompañando la terrible imagen, se asoma a mis recuerdos pueriles el rostro lloroso de un padre desconsolado con los ojos ajados por las desbordantes lágrimas que, una tras otras, se deslizan por el rostro de la tristeza. No recuerdo nada más. No sé quien era ese pequeño niño que se aloja para siempre en el diminuto ataúd, ni tampoco recuerdo los rasgos de la cara del afligido padre. Es un recuerdo teñido por los brochazos de la ensoñación, muy difuso, pero a la vez muy claro.
El gran maestro del idioma Don Miguel Delibes, en su novela El Camino, narra magistralmente la muerte de Germán, el Tiñoso, cuando se disponía a matar a una culebrilla de agua y el escurridizo légamo le hizo caer y estrellar su cabeza contra las rocas, feneciendo en el acto, a pesar de la ayuda de sus amigos del pueblo. Todo tras discutir con Daniel, el Mochuelo, su amigo del alma, sobre si el canto de pájaro que acababan de escuchar era de ‘rendajo’ o de jilguero.  Germán, el Tiñoso, se marchó al otro barrio creyendo que el último canto que escuchó era el de un ‘rendajo’.
El niño desconocido que iba en su ataúd blanco y Germán, el Tiñoso, son dos ejemplos de muerte infantil. Dos ejemplos de no hace tantísimo tiempo. Dos ejemplos a sumar a tantos otros niños que, antes de tiempo, montaban con Caronte en su barca. Unos caídos desde algún edificio en ruinas donde habían acudido a saciar la inmensa curiosidad pueril; otros ahogados en ríos, o arroyos, o canalizaciones varias cuando intentaban capturar a esa rana atontada por los primeros frescos del final del verano; otros atropellados por coches mientras corrían tras la pelota de “reglamento”. Otros, los más venturosos, aún lucen una cojera provocada por la fractura múltiple de la tibia y el peroné al caer desde el viejo castillo, o un ojo que siempre mira al frente sin ver lo que tiene delante como aquel alambre que en su día se le clavó, o un dedo meñique que tiene una falange menos que su compañero de la otra mano porque se enrolló entre los eslabones de una vieja cadena oxidada.
Por suerte, se han reducido mucho este tipo de accidentes infantiles y muchos niños han salvado la vida por los avances médicos y de los servicios que acortan distancias y alargan vidas. También es una norma general que los padres acompañan o están muy cerca de los parques y lugares donde desarrollan sus juegos los niños de hoy: unos por temor a que algo les suceda a sus hijos y otros, los menos, además por evitar el vil comentario de ser tildados como malos padres. Los niños que ayer corrían libremente tostados por el sol, hoy son los padres o abuelos que impiden a los niños alejarse más allá de lo que alcanza su vista; y sin embargo, y a pesar de todo, son más permisivos con sus hijos que lo que eran sus padres con ellos.
De todos modos y gracias a los avances médicos antes denotados, hoy en día se ha extendido entre nosotros como un virus una idea de inmortalidad que nos hace vivir ajenos a la muerte, de espaldas a la pálida dama. Lastima que nadie nos explique claramente que la parca es una parte mas, la última, de la vida y a algunos les llega muy pronto y a otros muy tarde, tan tarde que su cabeza, no preparada para ello, les convierte otra vez en pequeños bebés. Pero eso, eso es harina de otro costal.
P.D. Gracias Juanju por ofrecerme esta idea.

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