viernes, 10 de junio de 2011

El viejo profesor

No, nunca me dio clases en  viejas aulas de crucifijo y rígidas sillas de madera y metal. Cuando lo conocí, provecto y jubilado él, bisoño y anhelante yo, huía del ruido como el rayo veloz escapa del trueno en el fragor de la tormenta que nos deja el estío. Siempre acompañaba a su lento caminar un releído periódico bajo el brazo o un libro forrado con los restos del naufragio de aquel releído periódico. Acompañado, igualmente, de sombrero de fieltro en invierno y de su inseparable traje y corbata  para todo tiempo.
                Era locuaz y añoraba a sus alumnos que ahora, seguramente, serán profesores, aulas que antaño eran respetadas como centros del saber y ahora se han convertido en meros centros lúdicos, donde el juego ha desterrado al conocimiento. Hablar de tiempos pasados a un jovenzuelo curioso le atraía y le entusiasmaba; recordar sus años de profesor le rejuvenecía de tal manera que se le notaba en el refulgente brillo de sus ojos; y no menos entusiasmaban a un pipiolo ávido de saberes las sosegadas palabras del viejo profesor. Aquellas palabras eran tildadas por algunos, que no solían escucharle, de locuras de  viejo demente que odiaba hasta el ruido que emitían los latidos de su corazón. Ellos se lo perdían; yo aprendí mucho, sobre todo a escuchar a la gente que tiene algo importante que decir.
                Aquel joven bisoño, por distintos motivos, dejó de acudir adonde se encontraba con el viejo profesor y nunca más supo de él. Por la edad y el tiempo transcurrido, quince años, no creo que ya respire el aire que nos hace vivir.
 Hoy, sentado en el Jardín donde tantas palabras suyas retumbaron en mi cerebro, le he recordado y he pensado qué habrá sido de él. Rápidamente he pensado que ya habría muerto y me he visto en su sepelio quitándome el sombrero en señal de respeto, apenas acompañado por el sepulturero y la plañidera que, aburrida de vivir, acude a todos los entierros. Éstos me miraban con extrañeza y, con gestos, se preguntaban quién era el tipo que se quitaba el sombrero ante un viejo solitario y amante del silencio.

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